
La noche de Reyes es mágica. Esta noche era fría, heladora, con varios grados bajo cero, en la que las frecuentes rachas de viento hacían que la sensación térmica se desplomara. Los mochuelos llevan varias horas «miando» desde las troncas de olivos y almendros. Tras los mochuelos y al ocaso, tocó pasar lista a los búhos reales con su ulular más profundo. Los cárabos, algo más remolones, han esperado a que la oscuridad tiñera todo de negro para empezar con sus lúgubres ululeos. Entre lo más abrigado de las chaparras, los finos chillidos de los lirones se mezclan junto con los de sus depredadores alados. Han de andarse con cuidado para no acabar entre las garras de tanta rapaz nocturna. Pese al helador frío, el campo se llena de vida debido a la coincidencia del celo de varias especies de fauna.
A medianoche, un nuevo protagonista se posa en lo alto de un almendro desde el que tendrá buena visión de su territorio: una hembra de búho chico que lleva días agitada por el celo. Allí permanece inmóvil, hierática, yerto, durante al menos una hora. No lejos de allí, surgen los roncos y ásperos maullidos de una hembra de lince ibérico que camina solitaria entre las sombras. Su llamada rompía el orden quieto de la madrugada, que llevaba horas en calma.
Los ojos dorados del búho chico seguían cada movimiento del lince. Conocía de sobra sus sonidos y sabía que no eran de caza, sino de deseo y desasosiego. Tal era la insistencia de la lincesa y la cercanía al búho, que pudo sentir en su acolchado plumaje las vibraciones invisibles de los maullidos.
Otro espectáculo natural estaba a punto de suceder en el mismo escenario: el celo de los búhos chicos. Durante una corta pausa de los maullidos de la lincesa, entra en escena un macho de búho chico, con un sonido seco fruto del palmoteo de sus alas y comienza a merodear a su hembra. El búho hembra, inquieto, empieza a revolverse en su atalaya y se suma vocalmente al acto, reclamando y solicitando la presencia del macho. Sus llamadas no iban dirigidas al lince, no pretendía con ello un desafío ni respuesta, simplemente quería decir al macho: «estoy aquí».
El lince se detuvo unos segundos, levantó la cabeza, tensó las orejas y al ver que eran los búhos, continuó maullando, perdiéndose entre retamas, cantuesos y tomillos.
Y así, mientras la mayor parte de la gente dormía en esta mágica noche de Reyes, en la que los regalos esperaban junto al árbol de Navidad, en la naturaleza se celebraba otro acontecimiento: el de la vida, que por muy dura que sea la noche, nunca deja de llamar invierno tras invierno.

Que noche tan magnífica
Mágica, sin duda.
Tremenda noche ……
Me ha encantado.
Qué guapo!